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sábado, 4 de agosto de 2012

Aumenta el número de adolescentes con hígado graso no alcohólico


La acumulación de grasas en el hígado no es una enfermedad exclusiva de los adultos y de quienes consumen alcohol. Un estudio reciente advierte sobre el aumento del hígado graso no alcohólico entre la población adolescente en Estados Unidos: al menos 1 de cada 10 la padece. En total, se habla de que hay 6 millones de niños y adolescentes que padecen esta enfermedad, y en gran parte son hispanos. Aquí te describo esta condición y también qué puedes hacer para prevenirla.
¿Qué es el hígado graso? Es una enfermedad que se produce debido a la acumulación de grasas en las células hepáticas (del hígado) o hepatocitos. La causa más frecuente es el consumo de alcohol. Sin embargo, cuando la persona que la padece no bebe o no lo hace con frecuencia, se denomina “hígado graso no alcohólico”. Esta condición está aumentando entre la población infantil y adolescente según un estudio reciente presentado en mayo de este año en San Diego, California durante la semana dedicada a las enfermedades digestivas.
Si bien la causa no está claramente determinada, el hígado graso no alcohólico entre los adolescentes puede ser causado por el aumento de la obesidad entre la población infantil y entre los adolescentes; debido a la pérdida o aumento de peso de manera oscilante (dietas de sube y baja), por culpa de las dietas de moda. Esta enfermedad se está convirtiendo poco a poco en la más frecuente entre los adolescentes que sufren de sobrepeso.
Según los datos presentados en San Diego por unos médicos de la Universidad Emory de Atlanta, la enfermedad del hígado graso no alcohólico aumentó de un 3.6% a un 9.9% entre 1988 y el 2008 en adolescentes entres los 12 y los 18 años. Unos estudios al respecto demostraron que el aumento está directamente ligado al nivel de obesidad de los niños y los adolescentes.
Estos datos confirman que la enfermedad del hígado graso no alcohólico se está volviendo muy común entre la población joven y es motivo de una alarma, pues sin duda causa complicaciones en el futuro como diabetes, hipertensión (y otras enfermedades cardíacas), así como el cáncer.
Si el hígado graso no se trata puede incluso a causar daños permanentes a este órgano. ¿De qué manera? Debido al exceso de grasa el hígado puede inflamarse, endurecerse y las células que lo forman pueden ser reemplazadas por tejido fibroso, como si fuera una cicatriz. A esto se le conoce como cirrosis.
La enfermedad del hígado graso por lo general no da síntomas (especialmente al principio) y se puede detectar durante un examen rutinario de sangre. Sin embargo, en algunos casos, puede causar fatiga, pérdida de peso y falta de apetito, debilidad, náusea, confusión y problemas para concentrarse.
¿Qué se puede hacer para prevenir el desarrollo del hígado graso en los niños y en los adolescentes? Lo principal, es llevar una dieta sana y hacer ejercicio regularmente para evitar el sobrepeso. Pero si las libras o kilos de más ya están presentes, recomiendo el ayudar a estos jóvenes a bajar de peso gradualmente (no más de 1 o 2 libras por semana). Así como evitar el consumo de harinas refinadas y el exceso de grasas.
El evitar tomar los medicamentos y los suplementos que no son necesarios también es clave. Recuerda que hasta una simple aspirina se procesa en el hígado.
El hígado graso también puede presentarse en las personas que tienen diabetes. Por eso, es importante hacer los estudios necesarios si hay alteraciones en las pruebas del funcionamiento del hígado para identificar cuál es el origen del problema para poder tratarlo de acuerdo al diagnóstico. Si se determina que de hecho se trata de hígado graso no alcohólico y que el exceso de peso es un factor causante y/o contribuyente, ya sabes lo que te va a recomendar tu médico.
Imágen © iStockphoto.com / Andrew Helwich

viernes, 27 de julio de 2012

Por qué los audífonos pueden ser el peor enemigo de la memoria

A muchos adolescentes les gusta escuchar música a todo volumen, incluso mientras estudian, una costumbre que ha sido criticada por padres durante generaciones.


Ahora científicos en Argentina demostraron que nuestros padres tenían razón: a través de un experimento utilizando ratas comprobaron que los ruidos fuertes pueden afectar la memoria y los mecanismos de aprendizaje en animales en desarrollo.


audífonos
Los ruidos fuertes pueden afectar la memoria, según el estudio.

El trabajo, que fue publicado en la revista Brain Research, se realizó utilizando roedores de entre 15 y 30 días, una edad equivalente a chicos de entre 6 y 22 años.
“Usamos ratas porque tienen un sistema nervioso parecido al de los humanos”, explicó a BBC Mundo Laura Guelman, coordinadora del proyecto e investigadora del Centro de Estudios Farmacológicos y Botánicos (Cefybo), de la Universidad de Buenos Aires (UBA).
Los científicos expusieron a los animales a ruidos con intensidades de entre 95 y 97 decibeles (dB), más altas que lo considerado un nivel seguro (70-80 dB) pero por debajo del sonido que produce un concierto de música (110 dB).
Y descubrieron algo novedoso: tras dos horas de exposición, las ratas sufrieron daño celular en el cerebro.
Las alteraciones se produjeron en la zona del hipocampo, una región asociada a la memoria y los procesos de aprendizaje.
“Esto sugiere que lo mismo podría ocurrir en humanos en etapa de desarrollo, aunque será difícil de comprobar debido a que no podemos exponer a niños a este tipo de experimentos”, explicó la experta.

Plasticidad

Ya se sabía que los sonidos fuertes pueden causar alteraciones auditivas, cardiovasculares y endocrinológicas (además de stress e irritabilidad), pero Guelman afirmó que es la primera vez que se detectan cambios morfológicos en el cerebro.
“Se podría hipotetizar que los niveles de ruido a los cuales se exponen los chicos en las discotecas o escuchando música fuerte por auriculares podría llevar a déficits en la memoria y atención a largo plazo”, advirtió María Zorrilla Zubilete, docente e investigadora de la Facultad de Medicina de la UBA.
Una de las curiosidades que arrojó este estudio fue que mostró que en los menores una exposición única a un sonido fuerte puede resultar más dañina que una exposición prolongada.


Se podría hipotetizar que los niveles de ruido a los cuales se exponen los chicos en las discotecas o escuchando música fuerte por auriculares podría llevar a déficits en la memoria y atención a largo plazo"
María Zorrilla Zubilete, docente e investigadora de la Facultad de Medicina de la UBA


Durante el experimento se trabajó con dos grupos de ratas: uno fue expuesto una sola vez a dos horas de ruido y el otro recibió ese mismo estímulo una vez al día por dos semanas.
Al cabo de 15 días, las ratas que habían sufrido una sola exposición al comienzo del experimento mostraron signos más evidentes de daño.
¿Cómo es posible?
Los científicos lo atribuyeron a la “plasticidad neuronal” durante los años de desarrollo, cuando aún se está formando el sistema nervioso.
“Es posible que ante un estímulo más prolongado el cerebro tenga tiempo de ir reparando sus lesiones”, opinó Guelman.

Ruido blanco

Si bien este estudio resulta preocupante ante un panorama donde es cada vez más frecuente ver a niños pequeños escuchando música fuerte a través de aparatos digitales o jugando a ruidosos videojuegos, Guelman advirtió que no hay que saltar a conclusiones.
“El sonido que usamos para el experimento fue ruido blanco, una señal que contiene todas las frecuencias de sonido, y que se percibe como si fuera el ruido de un televisor mal sintonizado”, explicó.
“En cambio la música que escuchan muchos de los chicos contiene sólo algunas frecuencias, y todavía no sabemos qué es exactamente lo que causa el daño”, afirmó.
Justamente, el próximo trabajo de estos científicos es determinar el “mecanismo molecular” por el cual el ruido llega a afectar las células del hipocampo.
“No sabemos si el daño se genera directamente por las vibraciones del ruido o si el sonido activa neurotransmisores que provocan el problema”, especificó Guelman.
Una vez que se entienda este mecanismo, los expertos aspiran a poder desarrollar drogas que puedan prevenir estas lesiones.
En tanto, los científicos argentinos consideran que este estudio debería servir como una alarma para evitar la exposición de menores a sonidos fuertes.
Por su parte, los educadores, que ya se quejaban de cómo las nuevas tecnologías distraen a sus alumnos, ahora tienen un nuevo argumento para prohibir los odiados gadgets en la clase.


Aprendizaje de habilidades sociales en adolescentes con formas leves de autismo

Los trastornos del espectro del autismo se caracterizan por deficiencias en la comunicación y en la interacción social, pero dado que se presentan en una gradación, no es fácil establecer la línea divisoria entre lo que merece ser catalogado como enfermedad y lo que no lo merece.

Por eso, se considera que para algunos adolescentes diagnosticados con trastornos del espectro autista, su salud y su desempeño social son lo bastante buenos como para permitirles ser incorporados a las escuelas normales.

Pero sin las habilidades sociales apropiadas, incluso los adolescentes incorporados a las escuelas normales no se ajustan muy bien al entorno social general de la enseñanza secundaria. Como resultado, sufren el rechazo de sus compañeros.

Un ejemplo de iniciativa para combatir esas dificultades es el Programa para la Educación y el Enriquecimiento de Habilidades Relacionales (PEERS por sus siglas en inglés), de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA). Desde 2006, este programa ha ayudado a adolescentes con trastornos del espectro autista pero que son capaces de desenvolverse razonablemente bien en sociedad. La ayuda ha consistido en enseñarles estrategias que necesitan para relacionarse mejor con sus compañeros. Y aunque anteriormente se había demostrado que el programa era efectivo, no se sabía si estos adolescentes conservaban las nuevas habilidades después de haber completado las clases del programa PEERS.

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Elizabeth Laugeson. (Foto: UCLA)
El equipo de la psiquiatra Elizabeth Laugeson, directora del citado programa, ha finalizado un estudio de seguimiento a largo plazo, constatando que los jóvenes conservan las habilidades enseñadas y aprendidas, y en algunos casos éstas incluso han mejorado.

Los trastornos del espectro autista incluyen una gama de alteraciones del desarrollo que se caracterizan por problemas con la comunicación y la socialización. La incidencia mundial de este tipo de trastorno ha aumentado mucho en los últimos tiempos; por ejemplo, se estima que uno de cada 88 niños nacidos en Estados Unidos tiene alguna forma de trastorno del espectro autista.

El seguimiento efectuado por Laugeson y sus colegas muestra también que los síntomas de estos trastornos relacionados con la capacidad de respuesta social son significativamente menores en el final de las clases, y que esta mejora se mantiene incluso varios meses después. También mejoran en estos adolescentes sus conocimientos sobre habilidades sociales, al igual que aumenta la frecuencia de reuniones con sus compañeros.

Los estudios sobre la eficacia de la enseñanza de habilidades sociales a personas con trastornos del espectro autista indican que las intervenciones durante la infancia y la adolescencia son fundamentales. Sin embargo, muy pocas intervenciones basadas en las evidencias se centran en mejorar las habilidades sociales de los adolescentes con estos trastornos.

Las clases del programa PEERS, las cuales se centran en enseñar las reglas de la etiqueta social a los adolescentes, requieren de la participación de los padres. En reuniones separadas, a los padres se les proporciona información sobre cómo ser entrenadores sociales de sus hijos adolescentes en el mundo real. Muchas de las habilidades sociales enseñadas en estas clases son las que la mayoría de nosotros conocemos de manera intuitiva, por ejemplo cómo tener una conversación (intercambiando información).

Las clases incluyen una breve instrucción didáctica, demostraciones mediante juegos de interpretación de papeles, ejercicios de conducta para que los adolescentes practiquen las habilidades recién aprendidas, entrenamiento en la clase con realimentación sobre la conducta, y asignación de "tareas" o "deberes" semanales, supervisados por los padres, tales como invitar a un amigo a casa.

En el estudio de seguimiento también han trabajado Fred Frankel, Alexander Gantman y Catherine Mogil, todos de la UCLA, y Ashley R. Dillon de la Universidad de Palo Alto en California (institución anteriormente conocida como Pacific Graduate School of Psychology).